Utilizamos cookies para ofrecer a nuestros usuarios una experiencia cómoda y segura de navegación. Al utilizar nuestra página web aceptas el uso de cookies - Más información - Aceptar.

Un plan de carrera en el Imperio Romano

Un plan de carrera en el Imperio Romano

Hace 2.200 años, en la época de la República en Roma estaba perfectamente definida la progresión que debía llevar a un hombre a la máxima autoridad del Imperio (el consulado).

En el año 180 a.C. la Lex Villia definió el “cursus honorum” (literalmente: la carrera de cargos) e indicaba los requisitos y edades mínimas para ocuparlos. Sufrió modificaciones con el advenimiento del Imperio a partir de César Augusto en el 27 a.C., derivados de la sustitución de la figura de los cónsules por la del Emperador, pero para el resto de cargos estuvo vigente en sus aspectos fundamentales durante siglos.

Sin ánimo de ser exhaustivos, el “cursus honorum” incluía cuatro posiciones clave. En todas ellas debía ejercerse el cargo por lo menos durante un año para poder “promocionar”, y debían transcurrir un mínimo de tres entre promoción y promoción. La edad mínima varió ligeramente con el tiempo. Esos cuatro puestos clave eran:
• Cuestor, o recaudador de impuestos, encargado de las finanzas de una provincia y del pago al ejército. Se accedía con 27 - 29 años de edad.

• Edil, que desempeñaba funciones urbanas de orden público, distribución de alimentos y organización de juegos y fiestas. La edad requerida era de 34 - 36 años. Alternativamente, también era válido desempeñar el cargo de tribuno de la plebe, que debía defender los derechos del pueblo frente a posibles abusos del Senado.

• Pretor, responsable de la administración de justicia. También podía gobernar una provincia de importancia menor y mandar legiones. Edad mínima: 37 - 39 años.

• Cónsul: máxima autoridad de Roma. Ostentaba el poder ejecutivo, presidía el Senado, mandaba el ejército y era el responsable de la política exterior. Edad mínima: 40 - 42 años.

Todo parece perfectamente lógico y fue eficaz durante un largo periodo de la historia. Pero ¿tendría sentido hoy una “arquitectura organizativa” parecida para una gran empresa, por ejemplo una multinacional? Anticipo mi respuesta: definitivamente creo que sí.

Hoy en día cualquier persona en una posición operativa contribuye a la generación de ingresos (venta o producción) o incluso su recaudación (cobro). Esa persona contribuye de forma directa si ocupa un puesto de línea o indirecta si es de soporte, para pagar al “ejército” o empleados en general. Por tanto, nuestro cuestor por excelencia sería una persona operativa con ciertas responsabilidades: el mando intermedio.

El edil que se preocupa por el “orden público” (organización, armonía, paz social) y la distribución del “alimento” (materiales, información, financiación) es el Directivo.
El pretor administra “justicia” (resolviendo conflictos) y dirige una “provincia” (unidad de negocio y/o país). Se trata del Director de una unidad de negocio o territorio.
Finalmente, el cónsul es el CEO.

En un mundo donde todo cambia tan deprisa, conviene detenerse a pensar en lo que no cambia: la naturaleza humana. La estructura y funcionamiento de las organizaciones depende en gran medida de ella, y hemos de ser muy conscientes de ello a la hora de diseñar las estructuras organizativas y el desarrollo de los profesionales.

Todo lo dicho también es aplicable a la gestión de la res pública o “cosa pública”, pues ya hemos visto que el origen del cursus honorum está en la administración de la República en Roma. La estipulación de ciertos requisitos, conocimientos y experiencia para ocupar cargos públicos mejoraría notablemente la eficacia de los gobiernos locales, autonómicos y central. Pero este asunto tiene suficiente contenido como para merecer un post aparte.
Comenta este artículo