Utilizamos cookies para ofrecer a nuestros usuarios una experiencia cómoda y segura de navegación. Al utilizar nuestra página web aceptas el uso de cookies - Más información - Aceptar.

Conversaciones sanas, relaciones sanas.

Hace unos meses me encontré con un amigo que hacía tiempo que no veía.

Después de saludarnos gratamente, nos pusimos a conversar sobre la actualidad y los acontecimientos en curso, en el mundo en general y en España en particular.
Mi amigo es una persona culta y bien informada, con quien suelo mantener conversaciones enriquecedoras sobre temas de diversa índole: sociales, profesionales, políticos, etc., por lo que me sorprendió constatar, después de un largo rato conversando, que no hacíamos más que emitir juicios y expresar creencias popularmente arraigadas en nuestra sociedad e incuestionablemente aceptadas en la época en que vivimos. Realmente lo que me hizo pensar era la ligereza con la que hablábamos.

Saqué a colación el malhumor que me causaba la actuación de un alcalde, de una población relevante de las afueras de Madrid, que había tomado la decisión de prescindir de 70 empleados, por la escasez de recursos económicos con los que cuentan actualmente los ayuntamientos , a lo que mi amigo respondió con un tajante “seguro que se va a dormir tan tranquilo”, y yo, de forma automática, secundé su afirmación.

He aquí la cuestión: ¿En qué nos basamos mi amigo o yo para afirmar tan categóricamente que este alcalde, después de una decisión tan importante, que afecta a 70 familias, se va a dormir tan tranquilo? ¿Acaso estamos en su casa para ver como duerme? ¿Conocemos su conciencia para ver si está tranquilo o lo está pasando rematadamente mal? No lo sabemos, pero lo damos por hecho. ¿Por qué? Porque es un político, y ya estamos acostumbrados a oír que los políticos no dicen la verdad y que cuando toman una decisión dura, les da igual…parece que no va con ellos.

Desde una reflexión, que automáticamente convertimos en juicio, levantamos toda una modalidad de etiquetas que nos sirven para justificar algo que nos da credibilidad ante los demás y ante nosotros mismos, pero en realidad lo que estamos haciendo es no expresar lo que realmente necesitamos.

Ese juicio o esta opinión infundada sobraba, lo que realmente queríamos expresar mi amigo y yo, que evidentemente no hicimos, fue la dramática situación a la que se tenían que enfrentar esas 70 familias por una decisión que tuvo que tomar ese alcalde, empujado por las circunstancias económicas en la que se veía afectado su ayuntamiento, como otros tantos. Pero nos resulta más fácil descargar el peso de la culpa en un responsable que encaja bien en un esquema de” juicio sumario” y en si duerme o no por la noche.

Nuestras vías de comunicación están plagadas de juicios y creencias que nos limitan. Ocurre cuando conversamos con un amigo, con nuestros hijos, con nuestros compañeros de trabajo y prácticamente en cualquier circunstancia. Aprender a conversar expresando lo que deseamos, sin prejuicios, es un gran reto al que nos enfrentamos los seres humanos día tras día.

En el mundo empresarial, estas conversaciones están a la orden del día, entorpeciendo el crecimiento sano de la organización y de las relaciones entre los miembros de los diferentes equipos.

Nos dedicamos a buscar culpables cuando un proyecto no ha salido como esperábamos. Nuestras conversaciones se basan en juzgar a unos y a otros, metiéndonos en un círculo vicioso donde al final alguien termina pagando caro. No somos capaces de expresar qué necesitamos unos y otros, de unos y de otros para resolver un problema o avanzar en una determinada situación, a priori, conflictiva. Mezclamos opiniones y emociones para terminar en juicios que nos llevan a acciones, en la mayoría de los casos, equivocadas.

Conversar sanamente ante la necesidad de resolver un conflicto es expresar lo que uno necesita del otro para resolver un problema, sin atacar su ser, sin juzgarle. De esta manera, el otro se hará cargo de la necesidad que el primero expresa, pudiendo analizar alternativas y/o haciendo peticiones u ofertas que lleven a una solución óptima para todos. La buena relación se establece y la comunicación fluye en beneficio de todos.

Como dice Marshall Rosenberg, en su libro “Comunicación no Violenta”, “el objetivo de una conversación sana o productiva no consiste en cambiar a la gente ni en modificar su conducta, sino en establecer relaciones basadas en la sinceridad y en la empatía, que permitirán en última instancia que se satisfagan las necesidades de todos.”

Si observamos desde este punto de vista, nos encontramos en el mundo empresarial con compañías que priman las conversaciones sanas y por ende las relaciones entre sus miembros, y compañías que alientan conversaciones improductivas y malas relaciones entre sus miembros. En las primeras, el entendimiento será uno de los principales ingredientes para conseguir los retos que se planteen; en las segundas, el deterioro organizativo será el punto final de la organización.

Ha llegado el momento de elegir en qué tipo de empresa queremos estar, no importa que tengan muchos o pocos empleados, grandes o pequeños despachos, sino que estén lideradas y gestionadas por personas que saben empatizar, que dejan espacio a las opiniones de los demás y sobre todo que son capaces de establecer un marco de encuentro donde las conversaciones entre sus miembros expresan las necesidades de cada uno, con el objetivo de obtener un óptimo rendimiento y crecimiento, así como la estabilidad profesional y personal de cada uno de ellos.
Comenta este artículo